"Prohibido olvidar’ es una tortura. Para recordar necesitamos olvidar.” Horacio Tarcus
El historiador de izquierda Horacio Tarcus reclama nuevas lógicas para analizar el pasado, sobre todo a aquellos en que los grupos revolucionarios tuvieron algún protagonismo en hechos sobre los que hoy se sustancian algunas líneas de acción y pensamiento. Tarcus reclama una nueva lógica para comprender especialmente, entre otros, el pasado trágico que engloba de manera simbólica al golpe de estado del 24 de marzo de 1976.
La instauración del feriado nacional como “día de la memoria” no es neutral. Representa de manera clara una concepción que ha primado en sectores intelectuales y políticos de la argentina, mayormente considerados progresistas, o vulgarmente catalogados como “pensantes”, según la cual es necesaria la memoria como una especie de antídoto para no repetir el pasado.
La memoria, deja de ser de una función cerebral destinada a almacenar información, para trasformarse en una consigna o herramienta política amparada en una supuesta “memoria colectiva” que se potencia especialmente en fechas como estas.
Evidentemente, la nueva lógica es necesaria para reelaborar conclusiones y superar lugares comunes que nos han llevado a ubicar lo que nos pasó como hechos necesarios para recordar, por el recuerdo en si mismo, como nueva acción política encorsetada en la memoria como método, pero sin reparar en la comprensión de los hechos. Así planteado, la memoria solo será una tortura, un autoflagelo paralizante, una expiación practicada por generaciones que no entienden demasiado a que se debe la práctica ritual en la que se repudia al pasado como si ello pudiera mejorar el futuro. Se parece más a una práctica religiosa que a una acción política concreta.
El 24 de marzo de 1976 fue un episodio más de la argentina que optó por la violencia para dirimir ideas, intereses y posiciones políticas. Y es un episodio más, no por que sea insignificante, sino por que es resultado de conflictos que se generaron mucho antes de esa fecha. De manera que no es una fecha de inicio de la tragedia como se intenta muchas veces hacer trascender.
Es común por allí, creer que en ese entonces Argentina era una especie de jardín de infantes armonioso sobre el cual se desató misteriosamente una serie indefinida de secuestros, torturas, robos y todo tipo de latrocinio, sin ninguna explicación. Como un castigo protagonizado por los malos, como en los dibujos animados.
La lógica de análisis de los dibujos animados recurre a la memoria para recordar nuestro pasado trágico, distinguiendo a malvados y héroes con una línea maniquea que se proyecta hasta hoy.
Como bien dice Tomás Abraham, esta es una buena fecha para reflexionar, para empezar a relegar a la memoria en pos de la comprensión, para abandonar la tragedia como refugio de nuestros fracasos, para terminar con la visión del mausoleo del horror que transmite símbolos a generaciones que solo repiten el ritual como el catecismo de la corrección política.
Esa nueva lógica requiere incorporar el pasado, doloroso en extremo, en un recuerdo movilizador con sentido útil a uno mismo y al resto de la sociedad. Si transformamos los lugares, los recuerdos, los sentimientos dolorosos en experiencia y no en resentimiento ayudaremos a que ese pasado lúgubre no se repita, por que estaremos ocupados en generar vida por sobre la idea de los peligros de la muerte.
Esa nueva lógica requiere superar la consigna del “Nunca más”. Ahora debemos incorporar un objetivo, abandonar la guía de lo que no queremos para situarnos en el deseo de construir lo que queremos. Dejar la memoria paralizante del pasado por la riqueza del presente. Ir por la vida gustosos de nuestros sueños y no temerosos de nuestras pesadillas.
Esa nueva lógica resulta un homenaje mucho más grandioso a los que murieron asesinados que recordar cada 24 de marzo con actos vacíos de contenido o marchas con discursos políticamente correctos.
Esa nueva lógica debe ayudarnos a superar a un país que no puede ser presa de un sopor nostálgico con héroes desvencijados. A superar una densa bruma de resentimiento en donde ya nos cuesta distinguir a Hebe de Bonafini de Cecilia Pando.




